Actos 20-N 2019. ¡La bandera sigue alzada!

La mañana del viernes no podíamos pensar en otra cosa; contábamos los minutos, mirábamos el reloj constantemente.

En mi casa, mientras preparaba la mochila, las botas y planchaba
la camisa, podía oír como la lluvia pegaba fuerte contra mi ventana, al igual
que lo hizo el día 20. Parecía como si el cielo también se acordase de esa
madrugada en Alicante.

Había quedado con mis camaradas en Silva, desde donde, después de cargar la furgoneta con el material, partimos hasta Génova. Ahí, junto a las paredes que habían visto nacer a José Antonio, estábamos reunidas camisas azules de todas las partes de España, incluso de Francia, Italia y Alemania. Todos, jóvenes y viejos recordando esa noche, como tantas otras, a José Antonio.

Sobre las 9 de una noche muy fría y húmeda dio comienzo el acto; los oradores pronunciaron discursos enérgicos y extremos, levantando, como es propio de nosotros, la poesía que destruye frente a la poesía que promete. Luego nuestro jefe nacional Manuel Andrino entonó los primeros versos de nuestro himno, seguido de todos los falangistas, la madrileña calle de Génova se envolvió en las estrofas de nuestro Cara al sol.

El grito de ¡Presente! Dio paso a la manifestación; Colon, Tribunal, Bilbao, Arguelles… las calles se teñían de rojo y negro, de nuestras consignas, de banderas españolas y de camisas azules. Yo llevaba junto a cuatro de mis camaradas una gran pancarta que precedía el paso a las juventudes.

Delante nuestra, un caballero ya anciano, hacia el esfuerzo por seguir el paso a sus escuadras, sus brazos curtidos al descubierto y la camisa remangada, nos recordaba a todos los jóvenes que le veíamos delante nuestra, adaptando de vez en cuando la velocidad para no atropellarle cuando se quedaba atrás, que lo que estábamos haciendo no era ningún juego, si no consagrar tu vida a un fin superior, movidos por amor, por amor profundo a España y a su pueblo.

A medida que avanzábamos íbamos sembrando hostilidad, había quienes sin comprendernos, sin saber quiénes somos, increpaban agravios e insultos contra nosotros, otros en cambio iluminaban sus rostros, henchidos sus pechos de renovada esperanza por la patria, por el pan y por la justicia, cuando veían a los falangistas levantando pancartas de ¡Viva la Unidad de España!, cuando afirmábamos en nuestros cantos que venceríamos.

En Moncloa una multitud esperaba para despedir a los que íbamos a marchar hasta el Valle de los Caídos.

Formamos dos filas bien cerradas, iluminó nuestros rostros la luz de las bengalas y la voz de nuestro jefe comenzamos a marchar.

Nuestros pasos rompían el silencio de una madrileña noche de noviembre donde solo estábamos nosotros, los falangistas. Esto me hizo pensar que siempre hemos estado, que aunque los ojos vendados intenten olvidarlo, se afanen en pensar que estamos acabados, nosotros siempre estaremos.

¡Izquierda, izquierda, izquierda-derecha-izquierda! ¡Paso! ¡Paso! ¡Marquen!

Se notaba nuestra fuerza en cada pisada, y cada vez más lejos de ese Madrid antiguo que vio marchar en 1934 a José Antonio del brazo de Ruiz de Alda y Ramiro Ledesma, que escuchó el primero la musicalidad de nuestro himno, como también escuchó los primeros disparos contra uno de nosotros.

Ahora, después de 85 años seguíamos marchando, paso recio y firme el ademán, sintiendo bajo nuestras botas el temblor de la carretera. No importaba el frio, ni la lluvia, ni la exhorta expresión de quienes nos miraban desde sus lujosos deportivos como el que acababa de mirar a un loco. Para ellos todo está bien, no supone un problema la broma de las elecciones, la independencia de Cataluña, las injustas e inquisitorias medidas de órganos extraños como la UE contra nuestros campos, la pérdida de valores y la falta de justicia. Mucho menos supone para ellos una fecha importante, el 20 de noviembre. ¡Qué importa que hace más de ochenta años fusilaran a un hombre que pedía ser la última sangre española derramada en discordias civiles! ¡Y qué importa que ahora después de fusilarle quieran también profanar el eterno descanso que como hombre merece!.

Pero los que marchábamos esa noche sabíamos muy bien lo que importaba, como también sabíamos que nuestra lucha, aunque nos traten como a locos, aunque nos ilegalicen y encarcelen, no se agotará hasta dar con la Patria, el Pan y la Justicia que José Antonio pedía como última voluntad encontrar.

A medida que nos adentrábamos en la madrugada, el frio se hacía insoportable, la lluvia azotaba nuestros brazos descubiertos y el viento fustigaba nuestros rostros. De vez en cuando apartaba la mirada del frente y elevaba la frente al cielo; ¡ahí estaba José Antonio, en el lucero más brillante de la oscura bóveda!. Eso me daba fuerzas para seguir marchando, atenta al sonido de cada uno de mis pasos, hasta el final.

Llegamos a Villalba y me asignaron el honor de colocar las rosas sobre la Cruz de los Caídos que allí resiste (ya sin pláca), después, seguimos nuestra marcha. Muchos me decían que parase, que me metiese al autobús con mis camaradas. Pero yo quería terminar, porque quizá era la última vez que podíamos honrar de esta forma la memoria de nuestro jefe.

Cuando me quise dar cuenta ya estábamos ahí, frente a la gran Cruz que ampara el cuerpo de José Antonio, como el de tantos caídos españoles. Cesó el frio, la oscuridad se fue, dejando ver nuestros azules. Había terminado ya, y la sensación se me hacía extraña. Aún el cansancio, la fatiga y el dolor no eran suficientes para alegrarme del fin. Pensaba “¿y si es la última?” después comprendí que eso no importaba. Porque la Falange no morirá nunca y la forma más digna y justa de honrar la sangre de nuestros caídos es vivir sin descanso hasta ganar para España la cosecha que sembró sus muertes, es vivir cada momento siendo camisas azules ¡aunque se nos prohíba llevarlas, siempre seremos camisas azules!

El sábado todavía me dolían las piernas, me costaba moverme. Repasé los textos más destacados de José Antonio, los que tantas veces había leído, pero lo hice de una forma diferente. Sentía sus palabras más vivas que otras veces, siendo el aniversario de su muerte. Luego cenamos los camaradas en el despacho donde escribió tantas de sus poesías en forma de discurso, cantamos nuestras canciones, las de los italianos que nos acompañaban en estos días, las de los franceses.

El domingo me desperté tarde, pues el cansancio del fin de semana me pesaba sobre el cuerpo. Me acordé de la manifestación y rápido salí de casa corriendo hasta la Plaza de Callao, donde vi ondear gloriosas nuestras banderas, tiñendo de esperanzas la culminación de ese progreso tan presente en el centro de nuestra ciudad.

¡Patria, Justicia, Revolución! De verdad sentíamos esas consignas cuando las gritábamos marchando hasta la Plaza de Oriente, donde tuvo lugar un esperanzador acto.

Unas mujeres de torso desnudo con pintadas en los pechos intentaron paralizar el discurso de nuestros oradores focalizando la atención con fines propagandísticos en su deshumanizado movimiento. A mí me daba pena cuando leía lo que ponía sobre sus cuerpos. Pensaba “si supieran quien era aquel hombre por el que hoy dan el espectáculo en la calle, si supieran qué quería el hombre al que tanto odian sin ni por asomo conocerle, entonces no harían el ridículo de esta forma. No quemarían su vida en luchas estúpidas al servicio de intereses que ni se imaginan.

La reacción de la policía me hizo pensar que quizá sería el último 20 de noviembre, que quizá interrumpan el descanso del hombre más brillante de Europa prohibiéndonos marchar otro año más alumbrados por la luz de su lucero, quizá pasemos a ser una organización criminal. Unos pobres locos. ¿Y qué? Nosotros no necesitamos ser partícipes del juego democrático, no necesitamos un papel que acredite que existimos, ni mayorías muertas que despierten de su sueño profundo sólo una semana cada cuatro años. No necesitamos la financiación de bancas extranjeras ni los sobres de empresas sionistas. Mucho menos necesitamos el permiso de nadie para defender a España y a su pueblo. Entonces, el miedo que me había estado molestando estos días, al pensar que nos terminarían ilegalizando, se disipó cuando finalmente, comenzó a escucharse de nuevo en este Madrid del “no pasarán”, las estrofas de mi Cara al Sol.

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